Comprar un disco importado en los años ochenta en la Ciudad de México era complicado y costoso. Para acceder a aquellos viniles extranjeros había que ahorrar durante varios meses. Con mi amigo Aaron contábamos los pesos y los días hasta juntar lo suficiente para ir a Discos Zorba, en un centro comercial al sur de la ciudad.
En 1987 finalmente adquirí Captain Fantastic and the Brown Dirt Cowboy, de 1975, una obra maestra desde la portada hasta la última palabra escrita por Bernie Taupin y la última nota compuesta por Elton John.
Esas diez canciones cambiaron mi vida.
Otoño de 1992.
Con veinte años cumplidos, yo quería vivirlo todo.
Era fan de Elton desde 1984, cuando probablemente no era común que un niño mexicano estuviera tan interesado en la música y apariencia de aquel tipo inglés de extravagantes atuendos e interminable colección de anteojos.
El 13 de noviembre de 1992 el Capitán Fantástico tocó por primera vez en México. Con un grupo de amigos, ahí estuve, a diez filas del escenario, en la cancha del Estadio Azteca. Con la emoción de quien ve cumplirse un sueño, le aventé un sombrero de paja enorme con un Viva Elton pintado en verde, blanco y rojo, mientras entonaba la primera canción:
Don’t Let the Sun Go Down on Me.
Al día siguiente regresé al coloso de Santa Úrsula con otros cuates y Olivia, esta vez para ver a Elton desde las gradas. El escenario diseñado por Gianni Versace me pareció todavía más impresionante desde lo alto de la tribuna.
Se trataba de la gira del álbum The One. Dos noches con localidades agotadas, 160 000 personas y conciertos imborrables en los que las nuevas canciones competían de tú a tú con sus grandes clásicos.
Por supuesto que en ese momento no tenía la menor idea de lo que me iba a ocurrir durante los siguientes treinta y cuatro años: las dos carreras a las que terminaría dedicándome, las ciudades europeas en las que viviría, los amores y desamores que afinarían y desafinarían mi vida.
En mi banda sonora, algunas canciones durarían años, otras apenas días, y terminaría comprobando que las canciones tristes, efectivamente, dicen mucho.
Ocho años después, sin Mona Lisas ni sombrereros locos, viajé por primera vez a Nueva York y bien pude no haber llegado.
Olivia me había regalado uno de esos boletos sujetos a espacio que utilizaban los empleados de las aerolíneas. El mecanismo era sencillo y despiadado: si quedaba lugar, volabas. Si no, te quedabas en tierra. Nosotros les llamábamos boletos sujetos a humillación.
Los vuelos entre la Ciudad de México y Nueva York siempre van llenos. Pero el 19 de octubre de 2000 quedó un asiento libre. Era para mí.
Esa misma noche compré por diez dólares una entrada para ver Aida en el Palace Theatre de Broadway. Elton apareció cuando la función ya había comenzado, acompañado por su séquito y elementos de seguridad.
Casi al final del primer acto salió antes de que encendieran las luces; el musical al que él le había puesto notas seguía en desarrollo. Yo había conseguido moverme desde mi barato asiento de la parte alta del teatro hasta abajo, a un lugar junto al pasillo. Cuando Elton pasó justo junto a mí, me armé de valor y me levanté. Durante unos segundos estuve frente a él. Extendí la mano y le dije:
“Glad to meet you. Thank you for your music, maestro.”
Elton, sorprendido, me dio la mano.
“Thank you very much indeed.”
Y siguió caminando mientras uno de sus guardaespaldas me amonestaba.
Recuerdo su elegante traje verde y el apretón de su mano, que me pareció pequeña y delicada. Cuando se encendieron las luces, algunas personas que habían estado más al pendiente de mi atrevimiento que de la puesta en escena se acercaron a preguntarme qué me había dicho el maestro.
Mi primera noche en la ciudad que nunca duerme ya era irrepetible. Al día siguiente me esperaba la arena más famosa del mundo: el MADISON SQUARE GARDEN.
Elton había preparado One Night Only, que en realidad eran dos noches con invitados, éxitos y algunas joyas perdidas de su catálogo. La atmósfera era la de estar asistiendo a algo que no se repetiría. Entre los invitados a compartir escenario estaban Bryan Adams, Kiki Dee, Anastacia y Billy Joel, entre otros.
Billy, por cierto, sólo cantó en el primer concierto. Tenía una excusa razonable: al día siguiente debía cantar el himno nacional en Yankee Stadium para el primer partido de una Serie Mundial de ensueño para la Gran Manzana: Yankees contra Mets. Yo tampoco me la perdería. El 22 de octubre fui al segundo juego de aquella Serie del Metro.
Mi primera visita a Nueva York había incluido Broadway, estrechar la mano de Elton John, verlo dos noches en el “Palacio de las tres mentiras” y terminar en el viejo Yankee Stadium muerto de frío, pero viendo de cerca cómo Roger Clemens le aventaba un pedazo de bat a Mike Piazza, en una Serie Mundial de la que hoy se sigue hablando.
Y todo porque quedaba un asiento libre en un avión.
Take me to the pilot Lead me through the chamber…
Face to Face Tour
En 2001 llegó el Face to Face Tour.
Elton John y Billy Joel juntos en concierto.
El 9 de abril los vi en la casa de los Nuggets de Denver. El 11 de mayo, en una arena pequeña cerca de Chicago. Han pasado veinticinco años y sigo colocando aquellos recitales entre los mejores que he visto en toda mi vida.
No eran simplemente dos estrellas turnándose el reflector. El Piano Man hacía una acrobacia. El Rocket Man la superaba. Uno lanzaba el reto y el otro parecía recogerlo. Después compartían el escenario, tocaban juntos, se metían en canciones emblemáticas del otro. Había amistad, respeto y orgullo.
Ninguno parecía dispuesto a tocar una sola nota mediocre mientras el otro estuviera sentado ahí. Eran dos amigos, dos pianistas, dos egos monumentales y dos repertorios extraordinarios colocados literalmente cara a cara.
Songs from the West Coast Tour
El 22 y 23 de octubre, Elton y toda su banda llegaron al Auditorio Nacional de la Ciudad de México con el Songs from the West Coast Tour. Elton traía bajo el brazo un discazo de manufactura y sonido muy setenteros.
De aquel álbum, en vivo sobresalía The Wasteland. Sonaba brutal, poderosa, con el punch suficiente para poner de pie a todo el auditorio de avenida Reforma.
La canción que más me gustó esa noche fue I Want Love. Con los años, terminaría encontrándole algo sospechosamente familiar a su letra.
Otra vez asistí las dos noches, la primera con Tünde y la segunda con mi hermano Guillermo.
Palacio de Schönbrunn
En 2002, poco después de que los gringos nos eliminaran del Mundial, regresé de Corea con el corazón frío a Hungría y de Budapest seguí el Danubio hasta Viena. Europa ya no era solamente un lugar al que afortunadamente podía viajar. Formaba también parte de mi geografía sentimental.
El 25 de junio Elton tocaba en el palacio de Schönbrunn y yo terminé adentro. No exactamente mediante los procedimientos que recomendaría la oficina de turismo austriaca, por cierto. Temprano me informé de los horarios de las visitas al palacio y, una hora antes de que terminaran, me encerré en uno de los baños. Cuando vi que empezaban a dar acceso a la gente que tenía boleto para el concierto, salí algo entumido de aquel cubículo y me planté rápidamente en primera fila, frente al escenario instalado en la entrada de la grandiosa residencia de verano de los Habsburgo.
Elton John en el palacio de Schönbrunn. Durante esas horas, el dos a cero que nos metió Estados Unidos en Jeonju dejó de existir.
Hampton Court Palace
El verano siguiente me tocó estar en otro gran alcázar, esta vez en Inglaterra.
Fue un 17 de junio de 2003.
Elton sólo con su piano en la residencia favorita del rey Enrique VIII, Hampton Court Palace. Un concierto boutique, quizá para unas dos mil personas. Llegué sin boleto.
Durante un par de horas intenté conseguir uno en la entrada y alrededores, y nada. Esta vez colarme sin pagar habría sido un reto muy cabrón hasta para David Copperfield.
Pero a una persona le falló su acompañante. El tipo ya me había visto yendo y viniendo con mi letrero de “I need one ticket”. Se me acercó, miró mi gorra de eltonjohn.com y me dijo:
“You must be a fan club member.”
Me vendió el boleto exactamente por lo que había pagado por él en la página de Elton.
Entré con el tiempo justo. Recorrí casi corriendo algunos salones de la bellísima mansión, compré una cerveza y me senté a beberme una noche de verano junto al Támesis con Elton al piano. Interpretó varias rarezas a lo largo del set, entre otras: Carla/Etude, Tonight, The Greatest Discovery, Original Sin y Blue Eyes.
Hay canciones que, en ciertos momentos de la vida, tienen nombre y apellido. En 2003, y viviendo yo al norte de Londres, Blue Eyes era una de ellas.
Wembley
El 25 de noviembre de aquel mismo año me operaron de la rodilla y justo ese día David Bowie tocaba en Wembley Arena.
Bowie era, y sigue siendo, uno de mis cinco artistas fundamentales. No poder asistir me dolió muchísimo más que esa rodilla.
Unos cuantos días después, el 5 de diciembre, Elton tocaba también en el Wembley Arena. Conseguí sobre la hora un boleto para discapacitados, en una pequeña sección en la cancha, pegado a la consola de sonido.
Aquella noche Elton le metió mano a canciones casi olvidadas, una de ellas, Come Down in Time, uno de esos temas que ciertamente tienen el poder de hacerte brincotear en el tiempo.
Al terminar el concierto, a medianoche, en muletas, con una temperatura too low for zero, todavía tenía que regresar desde Wembley hasta Islington una hora en metro. Qué me importaba. Una vez más me disfrazaba de escapista. Recién operado, aún estaba de pie.
O2 Arena
Para 2005 ya había regresado a vivir a México, pero volví a Londres en septiembre de 2007 con el noble pretexto de The Red Piano en la O2 Arena.
Aquello era Elton llevando el exceso de Las Vegas hasta la mismísima capital del imperio británico. David LaChapelle había diseñado un espectáculo que parecía preguntarse cuánto podía caber alrededor de un hombre sentado frente a un piano antes de que todo explotara: pantallas monumentales, películas, neón, inflables gigantescos, colores imposibles y, en medio de aquella feria visual, un piano más rojo que un Ferrari.
Elton seguía haciendo exactamente lo mismo que cuando yo lo había visto por primera vez quince años atrás: jugar con nuestros sentimientos desde su control de mando de ochenta y ocho teclas.
Las ciudades cambiaban de nombre, los pianos mutaban de color y las personas sentadas junto a mí tenían otro rostro.
Chichén Itzá
El 3 de abril de 2010 se presentó Elton John en Chichén Itzá. Al espectáculo se le llamó “El concierto de la noche del sol”.
Antes de que Elton tocara una sola nota, ya había ocurrido suficiente para alimentar una leyenda. Tres días antes se había desplomado parte de la estructura preparada para el concierto. Tres trabajadores resultaron heridos. Hubo que levantar otro escenario prácticamente contra reloj, y entonces aparecieron los aluxes.
Se contaron historias sobre antiguos guardianes mayas disgustados con aquella invasión de cables, luces, músicos y toneladas de equipo. Hubo incluso una ceremonia de desagravio.
Qué parte pertenecía a la ingeniería y qué era responsabilidad de los antiguos espíritus del lugar, yo no estaba capacitado para determinarlo. Lo cierto es que en la noche del Sábado de Gloria Elton apareció en el escenario y detrás de él estaba El Castillo. No una pantalla ni una escenografía: un templo de piedra de ocho siglos frente a un piano Steinway y su dueño.
Recuerdo la dimensión absurda y maravillosa de aquello: Elton y sus músicos parecían pequeños ante la pirámide. El británico había tocado en estadios, ante grandes multitudes, en casas de reyes y en algunos de los recintos más emblemáticos del planeta, pero aquella noche, al salir a escena y encontrarse frente a El Castillo, su rostro recuperó por unos instantes algo que parecía difícil conservar después de tantos años: el asombro de un principiante.
En esa atmósfera onírica fueron desfilando las canciones y los momentos alucinantes, como cuando empezaron los primeros acordes de Goodbye Yellow Brick Road...
La pirámide principal permanecía en penumbra y, poco a poco, su escalinata comenzó a pintarse de amarillo. Era magia, el Mago de Oz contra Kukulkán.
El espectáculo fue grabado para un especial de televisión y la producción tuvo el buen gusto de utilizar las ruinas como parte del relato. En momentos precisos, la luz cambiaba y determinadas canciones parecían darle a Chichén un color propio.
Entre todas las rolas de esa noche recuerdo especialmente Funeral for a Friend/Love Lies Bleeding. No pertenece a ninguna mujer, ni a ninguna época, ni siquiera a mí. Es sólo de mi papá.
San Cristóbal, Guanajuato
El 15 de octubre de 2010, seis meses después, otro México recibió al legendario pianista. San Cristóbal, Guanajuato.
Elton John tocando en el rancho del expresidente Vicente Fox.
Desde su aparición en The Muppet Show en 1977, Elton no había tenido semejante anfitrión.
El propio Elton tampoco parecía tener muy claro qué hacía ahí. En algún momento previo al show comentó que, por primera vez en su vida tocaría en un campo de brócoli.
En mitad del primer encore, entre Circle of Life y Your Song, ocurrió una escena digna del lugar: Fox y su esposa aparecieron para entregarle un ramo. Sí, un ramo de brócolis.
Después de los duendes mayas que supuestamente le habían tirado su escenario en Yucatán y los vegetales con moños de Guanajuato, empecé a preguntarme si Elton tendría ganas de volver a suelo mexicano. Pero sí lo hizo.
Auditorio Nacional
En marzo de 2012 regresó al Auditorio Nacional de la Ciudad de México. Pero esta vez no venía con su banda. Traía a un viejo secuaz: Ray Cooper.
Dos músicos que llevaban décadas conociéndose, provocándose y dándose espacio para sorprender al otro. El formato era engañosamente sencillo: Elton, un piano y un escenario que durante buena parte de la noche parecía vacío. Hasta que, aproximadamente una hora después y de la manera más teatral, Ray Cooper aparecía en la tarima en mitad de Indian Sunset. Tímpanos, campanas, platillos, congas, panderos, marimba. Ray parecía capaz de convertir cualquier objeto que encontrara a su alcance en un instrumento. No acompañaba a Elton, conversaba con él.
Fueron dos noches, 2 y 3 de marzo. Otra vez fui las dos. Veinte años después del Azteca de 1992, diferentes personas fueron ocupando el asiento de al lado y yo seguía creyendo que, si Elton tocaba dos veces, siempre había razones suficientes para estar las dos.
La primera función no pudo ser más británica y entrañable: asistí al auditorio con mis queridas amigas Ande y Jo. Para la segunda noche, finalmente pude ver a Elton con una guapa hidalguense a quien llevaba yo desde 2005 encargándome, con bastante éxito, de convertir en fan de Sir Elton John, su nombre: Nayeli.
Kiev
Llegó el verano con un viaje a Polonia y Ucrania.
Había asistido a todas las Eurocopas de fútbol desde 1996, y en aquel 2012 el torneo se disputaba en Europa del Este. Viajé a Kiev para ver el Italia-Inglaterra de cuartos de final, la semifinal que terminaría siendo España-Portugal y, desde luego, la gran final en el estadio Olímpico de Kiev: España contra Italia.
No tenía idea de que Elton fuera a tocar allí. Recién desempacado del aeropuerto, caminando por la ciudad, vi un póster. Entendí sólo tres cosas: Elton John, Queen y el número 30.
Mi ucraniano no daba para mucho más. Tampoco llevaba un smartphone en el bolsillo que pudiera explicarme qué demonios decía el cartel. Poco después lo confirmé: la noche anterior a la gran final, el 30 de junio, habría un concierto gratuito en Maidan, la Plaza de la Independencia. Elton John y Queen con Adam Lambert tocando para más de 250 000 personas.
Era irreal.
En el tren hacia Donetsk me enteré de que el 29 de junio, la noche anterior a aquel gran concierto, tocarían en Kiev Ray Manzarek y Robby Krieger, de The Doors. Después de la semifinal regresé a la capital decidido a encontrarlos.
Sin mapa ni traductor, pero con una dirección escrita en una servilleta, recorrí varias calles intentando orientarme entre letreros en cirílico, hasta que entré a una pizzería para preguntar si estaba cerca del lugar. Ahí conocí a Miroslava Chepurnyy y a su familia, nos caímos bien de inmediato. Ellos también iban esa noche a ver a Manzarek y Krieger. El lugar estaba apenas a un par de cuadras.
El hermano de Miroslava, Ruslán, resultó ser un personaje extraordinario.
Tenía aspecto de villano de Duro de Matar, no hablaba ni media palabra de inglés y parecía conocer perfectamente el funcionamiento alternativo del universo. Nos metió hasta adelante en el concierto.
Entró al toquin con una elegante botella de coñac, que parecía salida de la cava de Gorbachov. En algún momento, y por lo bajo, entregó unos 3000 grivnas a un elemento de seguridad y, más tarde, un libro de fotos de The Doors regresó del camerino autografiado por Manzarek y Krieger para Edward Chepurnyy, el esposo de Miroslava.
Todo un capo.
Pues ese angelito, nunca mejor dicho, tenía además varios accesos VIP para Elton y Queen al día siguiente.
Gracias a la familia Chepurnyy terminé con acceso de primer ministro a una de las zonas más exclusivas de aquel multitudinario evento. Así fue como acabé casi pegado al escenario, en medio de un mar de gente, en uno de los conciertos más fascinantes e inesperados de mi vida. Elton comenzó su actuación y yo estaba apenas a unos metros de él.
Llevaba el show poco más de una hora y, con Nikita de fondo, Ruslán, que me había estado observando, se acercó. Me miró a los ojos y dijo algo que Miroslava me tradujo:
“Qué gusto me da ver cuánto lo estás disfrutando.”
Hoy, catorce años después, con cierta colaboración de Facebook, Miroslava y toda su familia siguen siendo mis amigos.
Aunque, en realidad, los tengo mucho más en el corazón que en esa red social.
Valentine’s Day
14 de febrero de 2017.
Elton llevaba años instalado en The Colosseum, en el legendario Caesars Palace de Las Vegas, con su extravaganza: The Million Dollar Piano. Pude conseguir dos buenos lugares en una preventa y con Nayeli viajé a la ciudad del pecado.
Ese día de los enamorados mi misión no tenía demasiado que ver con Elton.
O quizá sí.
Había reservado meses atrás una mesa en Fizz, una champañería a un costado del Coliseo. El pequeño lounge, administrado por David Furnish, esposo de Elton, tenía algo de extensión de sus propias casas: figuras, floreros, pinturas, muebles y cuadros procedentes de algunas de ellas. Incluso los exóticos cócteles llevaban, por supuesto, nombres de canciones de Elton John.
Yo ya sabía cuál tomaría: Kiss the Bride.
Faltaba una hora para el concierto. Pedí el cóctel, una copa de champaña y algo para comer. Cuando llegaron los tragos, me saqué de la chistera una figura de Marty McFly con un anillo y le pedí matrimonio a Nayeli.
¡Ella dijo que sí!
El bar entero estalló en aplausos. Sin que nos diéramos cuenta, todos ya sabían lo que estaba sucediendo. La mesera desquitó los cien dólares de propina: grabó todo en el celular y nos sirvió las del estribo. El espectáculo ya había comenzado y el Capitán Fantástico no se había enterado.
Se apagaron las luces de la gran sala y un señorial Elton arrancó su presentación. Frente a él estaba el otro protagonista de la noche: El Piano del Millón de Dólares, un futurista instrumento de más de tres metros, envuelto en pantallas LED que proyectaban imágenes según los caprichos del repertorio, mientras Cupido volaba descontrolado por los aires.
El hombre que se bebió el pop de un solo trago comenzó a recorrer su historia. Better Off Dead, Empty Garden, Levon y Mona Lisas and Mad Hatters se intercalaban con las favoritas de siempre.
El glamour, los grandes éxitos y la fastuosa producción de aquella noche no podían competir con la felicidad que llevaba conmigo antes siquiera de ocupar mi butaca.
Yo había estudiado el concierto y sabía que necesitaba encontrar el momento adecuado para levantar un letrero que, sobrado de entusiasmo, llevaba oculto en la maleta desde México.
Y llegó Crocodile Rock. Esa era mi ventana. Saqué el cartel que tenía debajo de mi asiento. El mensaje era: ELTON SHE SAID YES!
Dos camarógrafos escudriñaban la luneta en busca de algo singular. Nuestra cartulina rosa fluorescente hizo el resto. De pronto, Nayeli y yo aparecimos con enormes sonrisas en la gigantesca pantalla detrás del cantante de Middlesex. Los cuatro mil asistentes estaban enterados de nuestro compromiso y parte del público empezó a celebrar con nosotros. De inmediato empezaron a acercarse amables desconocidos para felicitarnos. Algunos hasta nos abrazaron.
Elton ya estaba tocando la siguiente rola y todavía seguían llegando hasta nuestros asientos feligreses de San Valentín y devotos del Pinball Wizard, gente que entendía nuestra alegría y durante unos minutos también la hacía suya.
Contra todo pronóstico, El Rock del Cocodrilo es desde entonces la canción más importante de Elton John para mí.
¿Quién lo diría?
Uno no ordena qué canción se queda con una parte fundamental de su historia. A veces es la canción la que decide. Sin preguntar.
Otoño de 2026
Treinta y nueve años han pasado desde que compré aquel disco, Captain Fantastic and the Brown Dirt Cowboy, y hoy continúa conmigo.
El vinil permanece impecable, como mi recuerdo del Estadio Azteca en 1992.
Nunca imaginé que Reginald Kenneth Dwight salvaría mi vida no una, sino varias noches, y que acabaría convirtiéndose en una especie de testigo y cronista involuntario de mi vida.
Esa despedida nuestra, que la pandemia dejó pendiente, finalmente se dará, querido Elton.
El próximo 2 y 3 de octubre volverás al Estadio Azteca.
El joven que yo fui ya no estará. Pero la primera noche, en la cancha del Azteca, estarán Nayeli y su esposo Virgilio para cantar una vez más contigo, y corroborar que, frente a su piano, el Capitán Fantástico seguía ahí.